Bonhoeffer acerca de meditación

La cita siguiente de “Vida en Comunidad” es simplemente hermosa, demasiado hermosa como para no publicarla.

La hora de la meditación no nos deja hundirnos en el vacío y en el abismo de la soledad, sino que nos permite estar solos con la Palabra. Con ello nos da una base sólida en que afirmarnos; nos señala claramente los pasos que debemos dar.

… en la meditación bíblica nos atendremos a un texto breve, seleccionado que, a ser posible, no será cambiado en el curso de toda una semana. Si en la lectura bíblica común somos conducidos más hacia la amplitud y el contexto total de la Sagrada Escritura, lo somos aquí hacia la profundidad insondable de cada frase, cada palabra. Ambas cosas son necesarias para que “seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura” (Ef. 3, 18).

En la meditación leemos el texto que nos es dado confiando en la promesa de que algo muy personal tiene que decirnos para el día de hoy y para nuestra condición de cristianos; de que es la Palabra de Dios no solamente para la congregación sino que es también la Palabra de Dios para mí personalmente. Tanto nos exponemos a cada frase, a cada palabra, hasta que haga en nosotros su impacto personal. Con ello no hacemos otra cosa de la que hace a diario el cristiano más sencillo, más indocto: leemos la Palabra de Dios como la Palabra de Dios para nosotros. Es decir, no preguntamos qué es lo que ese texto tiene que decir a otras personas. Para nosotros los predicadores, significa que no preguntamos qué es lo que predicaríamos ni enseñaríamos acerca del texto sino qué es lo que éste quiere decirnos a nosotros mismos en forma estrictamente personal. Es cierto que para hecerlo debemos haber comprendido previament el contenido del texto; pero por otra parte no nos dedicamos aquí a la exégesis ni a la preparación de la predicación ni al estudio bíblico de índole cualesquiera, sino que esperamos que la Palabra de Dios se dirija a nosotros. No es un esperar vacuo, sino de una promesa clara. A menudo estamos tan sobrecargados de otros pensamientos, otras imágenes, otras preocupaciones, que pasa un buen rato hasta que la Palabra de Dios haya apartado todo eso y penetre hasta nosotros. Pero nos llega con certeza, con tanta certeza como Dios mismo se ha llegado hasta los hombres y volverá a hacerlo. Por eso mismo debemos iniciar nuestra meditación orando porque Dios nos envíe a su Espíritu Santo a través de su Palabra; porque nos revele su Palabra y nos ilumine.

No es necesario que terminemos con todo el texto en la meditación. Con frecuencia habremos de detenernos frente a una sola frase y hasta una palabra, quedando retenidos por ella; porque ella nos confronta y no podemos eludirla. ¿Acaso no bastan a menudo las plabras “padre”, “amor”, “misericordia”, “cruz”, “santificación”, “resurrección”, para llenar de sobra el breve espacio de nuestra meditación?

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